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EN UN EXTRAÑO LUGAR

 
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Ryu no Taisho
Enano/a



Enano/a


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MensajePublicado: Jue Ago 13, 2009 6:26 pm    Asunto:  EN UN EXTRAÑO LUGAR Responder citando

Hola a todos! Una vez mas, queridos lectores, vengo a convidarlos con un trozo de mi mundo particular, de mi otra realidad, de donde traigo las historias que comparto con ustedes.
Espero que disfruten de la magia en esta experiencia que pudo haber sido real, despues de todo, el cielo descripto si lo fue. Con cariño, para todos ustedes.


EN UN EXTRAÑO LUGAR


El destartalado ómnibus la dejo a un costado del camino y siguió por el estrecho sendero de tierra, levantando nubes de polvo como símbolos de desolación y olvido. Así vio alejarse su última conexión con la ciudad, los ruidos, el peligro, la presión, y las ilusiones golpeadas.

Atardecía ya, y aun debía caminar 12 kilómetros por esa senda, una huella apenas, alejándose siempre del camino de tierra por el que transitaba el colectivo. Alejándose de su última oportunidad de arrepentimiento. Por eso no se apresuro a levantar las valijas y echar a andar.

Había nacido en el corazón de la ciudad, en medio de esa destructora jungla de edificios y peligro. Por eso llevaba muy hondo el recuerdo - bueno o malo - pero imborrable. Había vivido toda su vida en la capital, y solo ahora se preguntaba por qué no había tenido siquiera unas vacaciones en el campo o en las montañas. Lo cierto es que hasta ahora solo conocía la acobardante ciudad. Por eso llevaba grabados los sonidos, impresas las imágenes, incorporada la sumisión.

Estaba acostumbrada a correr tras los horarios, a perder el colectivo, a poner buena cara a pesar de la frustración, a llorar las humillaciones, y a veces también el destino. Pero no conocía el silencio de muerte - aunque en realidad de cálida, acogedora vida - que percibió allí, sola, parada frente al infinito campo atardecido. Por eso dudó. Quizás hasta sintió miedo, al sentirse de pronto - y por vez primera - sola. Completa, definitiva, e inevitablemente SOLA, en todo el enorme sentido de la palabra.

Entonces bajo la vista. El pasto, tupido y alto hasta la cintura, era apenas una alfombra sobre la huella que conducía hasta la casita de sus tíos, en un campo bautizado “La Isla”, porque era el único punto habitado en quizás 80 kilómetros. Por eso lo pensó dos veces antes de internarse en su futuro. Siempre había vivido en un departamento, rodeada de gente por los cuatro costados y por donde mirara, a cada momento. Y como siempre se encontraba entre gente que se amontonaba, la empujaba, la obligaba a correr, a vivir en la zozobra, repentinamente la atemorizo la idea de tanto espacio, viendo solo las caras de sus tíos y primos durante meses. Años, tal vez…

De pronto, el pensar que estaría rodeada de sucios animales e incontables insectos la golpeo como una revelación angustiante, y se le volvió insoportable sobre los hombros. Histéricamente decidió volverse. Recogió sus maletas y casi troto desandando los pocos pasos que había dado al bajar del micro. Pronto pasaría otro en dirección contraria, donde podría tomar el tren de vuelta a la ciudad.

Lo que sucedió entonces fue realmente extraño.

Descubrió de improviso y con una hormigueante mezcla de asombro y curiosidad primitivos, el pasto mojado por la reciente lluvia, y la huella donde tierra y pasto estaban apretados y amasados por los sucesivos pasos de algún tractor, los cascos de caballos, las pezuñas del ganado de pastoreo. Lo extraño era que ella no sabía nada de cascos y pezuñas, ni había visto jamás como quedaba un camino tras ese uso, pero supo de inmediato, y con certeza de antiguo conocedor, que así se había formado esa senda.

Lo siguiente que percibió fue el aroma del pasto. Del espeso pastizal llovido, se autocorrigió de inmediato, y absorbió con fuerza su primera bocanada de esa fragancia salvaje. Luego, lentamente, comenzó a otear suavecito, percibiendo hasta el más leve rastro de ese perfume nuevo, reconociéndolo, diferenciando perfectamente los sutiles matices de la lluvia de aquellos más intensos del pasto, la tierra, el viento cálido, como lo haría el perro que busca el rastro perdido, el tigre que acecha su presa, o el venado que presiente el peligro.

Lo extraño era que nada sabía ella de animales. Como no los conocía, les temía, y sus actitudes escapaban siempre a su comprensión. O tal vez nunca le habían interesado lo suficiente. Por un momento, sin embargo, no solo los había imitado. Durante un breve instante inconsistente, había comprendido.


Registrando todos los olores que la rodeaban, bajo la vista. Fue observando los altos pastos, de hojas anchas o largas, brillantes u oscuras, velludas o aserradas, matizadas con toda la gama de verdes que ningún pintor será jamás capaz de imitar en su totalidad. Recorrió con la vista ese mar aterciopelado que ya se vestía de verde nocturno al escasear la luz del atardecer.

Lo extraño era que, de pasturas, ella no sabía nada. Para ella, el pasto siempre había sido verde, y punto. Pero esta vez, sin embargo, los catalogo instintivamente, como si a eso se hubiera dedicado hasta ese momento.

Así llevada por tantas sensaciones nuevas y, a la vez, de algún modo perturbadoramente cotidianas, se encontró con el sol en el horizonte. O, más bien, con el cielo paradisiaco que este dejaba tras de sí, pues ya prácticamente había desaparecido en el abismo terrestre. En ese lugar, el cielo tenía un brillo dorado, tan fuerte que hería la vista y había que desviar la mirada para no cegar las pupilas. Pero como si no le fuera doloroso a la vista, sino reconfortante al alma, abrió muy grandes los ojos, ansiosos y redondos, como cantaros bebiendo por última vez, y se extasió ante la superficie como de oro liquido que caía en cascadas hasta el abismo de su alma.

Entonces recorrió en detalle el cielo iridiscente, sabiendo de memoria cada color a medida que los iba descubriendo. Hacia arriba, el dorado se volvía rosa salmón, vibrante y refulgente, y este a su vez mutaba al rosa más puro y cristalino, luego al lila, celeste y, por fin, al azul propio de la cúpula anochecida.

Hacia la izquierda, el dorado se plateaba lentamente, para luego perder su brillo y morir, simplemente, en el gris de la noche que reptaba silenciosa, mientras que hacia la derecha…

Allí una línea de nubes recortadas, angostas y difusas, hacían estragos con el color, refractando la agonía del sol hasta convertirla en un mar verde, turquesa, acrílico y azul, que mutaba ante cada parpadeo, engañando a los sentidos hasta distorsionar la percepción del color y la textura. Y todo estaba recortado sobre el terciopelo verdinegro del campo ya dormido.

Lo extraño era que, en su ciudad, el sol se ocultaba tras los edificios, sin otros colores que el crayón amarillo que usan los niños para pintarlo, y el gris celeste del cielo contaminado, pero conocía perfectamente la distribución de esos colores, como si ella misma los hubiera pintado durante los últimos mil años.

Cuando se dio cuenta de todo esto, estaba llorando. Lloraba porque acababa de morir, allí sola, pero también lo hacía de felicidad pura, porque acababa de nacer. Había nacido allí, hacia solo media hora, pero ya tenía siglos en ese lugar.

Finalmente dejo de llorar y echo a andar, pensando en la paz, en la comodidad que la esperaban en esa casita, con el calor y el cariño simple de sus animales domésticos, y el amor de la gente que llevaba esos colores, esos perfumes, ese silencio, esa belleza en el alma. Y sin darse cuenta, ya no podía dejar de sonreír.

_________________
Ryu no Taisho.
Dragon and Diamond Hija de los Dioses, Soberana de Dragones,
Semidiosa Guerrera del Epiritu de Fuego, y Ofrenda en Tierra de Humanos.
Porque hay mas misterios en la Tierra y en el Cielo de los que la mente humana puede comprender.
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