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"Copia de Athrabeth Benedictum XVI ah Tolkien"

 
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Thorondor
VALAR (administrador)



VALAR                    (administrador)


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MensajePublicado: Mar Oct 07, 2008 1:30 pm    Asunto:  "Copia de Athrabeth Benedictum XVI ah Tolkien" Responder citando

Un colega "Filodili" envió esto, que lo disfruten:

Athrabeth Benedictum XVI ah Tolkien


Por Joaquín “Efenleot” Vicente de Northrodorburg


Spe Salvi es la última Carta encíclica de S. S. Benedicto XVI, dirigida a todos los fieles de la Iglesia, y en la cual trata el tema de la esperanza cristiana. En verdad, muchos coinciden en que no es una encíclica de fácil acceso, por la profundidad del tratamiento del tema, y porque hace referencia a muchos acontecimientos de la historia, y a nociones de política y filosofía. Creo que no se le puede pedir otra cosa al santo padre, siendo renombrada su capacidad intelectual, pero sobretodo si esperamos encontrar en su carta alguna respuesta certera a semejante tema.

Recorriendo sus páginas, uno se encuentra con un punto (el nº 10) que no deja de hacer sonar cierto eco en el rincón más tolkiendili del corazón (si es que uno posee tal rincón, claro). En un capítulo denominado La vida eterna -¿Qué es?, leemos lo siguiente (el énfasis es mío):



“La fe es la sustancia de la esperanza. Pero entonces surge la cuestión: ¿De verdad queremos esto: vivir eternamente? Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable (…) seguir viviendo para siempre –sin fin- parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, solo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable” [1]



Enseguida, a quien tenga presente la obra de Tolkien, sobretodo lo referente a su legendarium y a la constitución de la Tierra Media y de los Hijos de Ilúvatar, esto le suena muy familiar. No nos cuesta pensar que esta objeción a una vida interminable la experimentaría en carne propia cualquier Primer Nacido, pues:



“El hado de los Elfos es ser inmortales, amar la belleza del mundo, llevarla a pleno florecimiento mediante sus dones de delicadeza y perfección, durar mientras ella dura, no abandonarla nunca ni aun cuando se los «mata», sino retornar; y, sin embargo, cuando los Seguidores llegan, enseñarles, abrirles camino, «desvanecerse» a medida que los Seguidores crecen y absorben la vida de la que ambos proceden.” [2]



En muchos aspectos para los Eldar el paso de los años era un peso casi insoportable, y vivían rememorando lo que atesoraban del pasado. Sobretodo durante la Tercera Edad, y tras la Caída del Anillo, llegado este “desvanecimiento”, encontraban insoportable una vida tan larga en la Tierra Media:



“…Pero con la caída del «Poder», sus pequeños esfuerzos por preservar el pasado se desmoronaron. Ya no había nada para ellos en la Tierra Media, salvo cansancio” [3]



Los hombres, según Tolkien, no deben sufrir tal peso abrumador. Su destino, su Don (Gift), es muy distinto:



“El Hado (o Don) de los Hombres es la mortalidad, la libertad de los círculos del mundo. Como el punto de vista del ciclo entero es el élfico, la mortalidad no se explica en mitos: es un misterio guardado por Dios, del que nada más se sabe que «lo que Dios ha propuesto para los Hombres permanece oculto»: motivo de dolor y de envidia para los Elfos inmortales.” [4]



Esto que explica Tolkien está en cierta consonancia con lo que cita el Santo Padre en el mismo nº 10, en cuanto que la muerte constituye una liberación de “los círculos del mundo”. Es donde le cede la palabra a San Ambrosio, obispo de Milán en el siglo IV, y considerado como uno de los Padres de la Iglesia:



“Es verdad que la muerte no formaba parte de nuestra naturaleza, sino que se introdujo en ella; Dios no instituyó la muerte desde el principio, sino que nos la dio como remedio (…). En efecto, la vida del hombre condenada por culpa del pecado a un duro trabajo y a un sufrimiento intolerable, comenzó a ser digna de lástima: era necesario dar un fin a estos males, de modo que la muerte restituyera lo que la vida había perdido. La inmortalidad, en efecto, es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia” [5]



Pero ya se esboza una contradicción. Por un lado el hombre no quiere morir, los que nos aman no quieren que muramos. Por el mismo amor al mundo, y a sus habitantes, es que no deseamos partir del mismo. Así lo expresan con claridad los Hombres del Oeste que envidiaban abiertamente la inmortalidad de los elfos y Valar, en Númenor:



“¿Por qué no hemos de envidiar a los Valar o aun al último de los Inmortales? Pues a nosotros se nos exige una confianza ciega y una esperanza sin garantía, y no sabemos lo que nos aguarda en el próximo instante. Pero también nosotros amamos la Tierra y no quisiéramos perderla.” [6]



Lo mismo expresaba con conmovedora amargura una sabia representante del linaje de los hombres, cuando el mundo era joven, y Beleriand no se había hundido aún en el mar:



“…los Sabios de entre los Hombres dicen: ‘No se nos hizo para la muerte, no nacemos para morir. La muerte se nos impuso.’ Y ¡observa! el miedo a ella siempre nos acompaña y siempre la rehuimos como la liebre al cazador. (…). Y ¡mira! hemos huido de la Sombra hasta las últimas costas de la Tierra Media, ¡sólo para encontrar que está aquí, delante de nosotros!”[7]



Si bien estas reflexiones surgen supuestamente de hombres que no cuentan con la Revelación, sí son hombres que tienen una especie de “dato revelado” en cuanto que la muerte es un don (y podría extenderse la comparación a todas aquellas enseñanzas recibidas de los elfos, sobretodo la referente a la sabiduría más profunda), siendo que quienes han vivido con los Valar (vástagos del pensamiento del Único), y sus mismos mensajeros, se lo han dicho así. Cabe una distinción ulterior entre lo que creemos ahora por la fe, que es que la muerte entró al mundo por el pecado, y que por la Redención es ahora una liberación y un medio de salvación, y lo que desde un principio se plantea en la “antropología tolkiniana”, que es que la muerte no tiene que ver con el mal, sino que es directamente, desde el principio, un don. Pero proseguir con esto no es mi intención, sino mostrar una reacción natural en el hombre ante la muerte.

Por otro lado, entonces, tampoco deseamos seguir existiendo ilimitadamente, ni siquiera tal vez tanto como los elfos, que perduran tanto tiempo como el mundo. Esta contradicción en el hombre no se da sin una esperanza de resolución, fundada en un punto de encuentro, en un plano elevado de la existencia humana. De eso trata la Carta Encíclica a la cual hice referencia al principio, y que por supuesto no es mi intención exponer aquí. Sin embargo, sí encuentro mucho valor en otro llamado a la esperanza, uno proveniente de un texto que también acude a mi memoria ante la lectura de la encíclica. Es el de la conversación entre Finrod, elfo noldorin exiliado en Beleriand, amigo de los hombres, y Andreth, mujer mortal llena de sabiduría, de la casa de Beör. Es a la misma Andreth a quien cité más arriba, y ahora continúo. La conversación comienza a tratar sobre lo que yace más allá del fin de Arda, del mundo, y Finrod ve con mayor claridad que su interlocutora que el hombre tiene muchas razones para creer que allí, en la Arda Rehecha, estará su plena felicidad, y su verdadero reposo. Andreth confiesa no verlo tan claramente, a lo que Finrod responde:

—¿No tienes entonces esperanza? -dijo Finrod.

— ¿Qué es la esperanza? -dijo ella. -¿La espera de un bien que, aunque incierto, tiene su fundamento en lo conocido? Entonces no tengo ninguna.

— Eso es algo que los Hombres llaman "esperanza", -dijo Finrod. -Amdir la llamamos nosotros, "alzar la vista". Pero hay otra que se fundamenta más hondo. Estel, la llamamos, esto es, "confianza". No es derrotada por las fuerzas del mundo, porque no viene de la experiencia, sino de nuestra naturaleza y nuestro primer ser. Si somos realmente los Eruhin, los Hijos del Uno, entonces seguro que Él no permitirá que se Le prive de lo Suyo, ni por ningún Enemigo ni por nosotros mismos. Estos son los cimientos finales de Estel, que mantenemos incluso cuando contemplamos el Fin: que todos Sus designios son para la felicidad de Sus Hijos. Dices que no tienes Amdir. ¿Tampoco posees Estel?

—Quizá...-dijo ella. -Pero...¡no! ¿No te das cuenta que es parte de nuestra herida el que nos falte la Estel y que sus cimientos se tambaleen? ¿Somos los Hijos del Uno? ¿No hemos sido finalmente expulsados? ¿O siempre lo estuvimos? ¿Acaso no es el Innombrable el Señor del Mundo? [8]

Pobre Andreth. Uno agradece que se trate solo de un personaje de ficción, pues sería sino otro sabio de la antigüedad por el cual lamentarse, que, buscando la esperanza, partió del mundo más bien en desesperanza, sin conocer el acontecimiento que dio origen no solo al cristianismo, a la Iglesia, sino a la verdadera Estel; la Eucatástrofe por antonomasia, según la define Tolkien; la Pascua de Resurrección.

Al menos quizás le habría valido escuchar las palabras de los elfos heraldos de Manwë, dirigidas a los primeros númenoreános descontentos:



“Tened más bien esperanzas de que el menor de vuestros deseos dará su fruto. Ilúvatar puso en vuestros corazones el amor de Arda, y él no siembra sin propósito. No obstante, muchas edades de Hombres no nacidos pueden transcurrir antes de que ese propósito sea dado a conocer; y a vosotros os será revelado y no a los Valar.”[9]





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[1] Benedicto XVI, Spe Salvi, nº 10

[2] Tolkien, J.R.R., Carta a Milton Waldman, publicada en: Carpenter, H., Cartas de J. R. R. Tolkien, como carta nº 131

[3] Tolkien, J.R.R., Carta a Michael Straight, publicada en: Carpenter, H., Cartas de J. R. R. Tolkien, como carta nº 181

[4] Tolkien, J.R.R., Carta a Milton Waldman, publicada en: Carpenter, H., Cartas de J. R. R. Tolkien, como carta nº 131

[5] San Ambrosio, De excessu fratis sui Satyri, II, 47, citado en Spe Salvi, de Benedicto XVI

[6] Tolkien, J.R.R., Akallabeth, Publicado en El Srilmarillion, editado por Cristopher Tolkien

[7] Tolkien, J.R.R., Athrabeth Finrod ah Andreth

[8] Tolkien, J.R.R., Athrabeth Finrod ah Andreth

[9] Tolkien, J.R.R., Akallabeth, Publicado en El Silmarillion, editado por Cristopher Tolkien

WEB: http://docs.google.com/Doc?id=dc7hkxdn_237c5r395zt&invite=ftg65pz

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